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JUZGAR LLEVA A PREJUZGAR (Parte I)

Hacen falta jueces, y todos lo somos en parte.

Pero cuando aceptamos lo que sucede, sin evaluarlo,

la vida gana en intensidad y posibilidades. A veces

conviene mantener apaciguado a ese crítico interior.

Una de las máximas más conocidas de la Biblia, «No juzguéis y no seréis juzgados», alude a la incapacidad del ser humano de emitir juicios certeros sin poseer la mirada ecuánime de la divinidad. Porque solo quien ve el conjunto de la realidad está capacitado para entender y valorar los actos humanos.

Sin embargo, juzgar es una actitud inherente al ser humano. Cuando conocemos a alguien nuevo o presenciamos cualquier acontecimiento, inevitablemente emitimos un juicio de valor. Saber lo que pensamos sobre alguien o algo nos proporciona seguridad y nos permite guiar nuestras reacciones -el origen del término juzgar, en hebreo, significa justamente «dirigir» o «guiar».

Cuando calificamos a una persona de honesta o deshonesta, de valiosa o despreciable, en realidad estamos decidiendo la forma en la que nos relacionaremos con ella. Del mismo modo, cuando calificamos de peligrosa una determinada situación, nuestra actitud y reacciones quedan condicionadas por esa visión.

Juzgar proporciona, por lo tanto, la sensación de pisar terreno firme. Pero al mismo tiempo nos aleja del mundo. Desde el momento en que etiquetamos la realidad dejamos de observar lo que sucede para fijarnos solo en la etiqueta.

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De algún modo, al trazar una línea de separación entre nosotros y el mundo, establecemos dónde está el campo de batalla. Nuestro juicio es una frontera que nos aleja de la realidad, porque no nos permite sumergirnos directamente en ella.

La meditación, entre muchas otras cosas, hace caer los filtros que enturbian la mirada del individuo sobre la vida. Partiendo de la base de que al mirar la realidad la teñimos de nosotros mismos, la finalidad última de la meditación es conseguir ver -y verse- sin que intervengan las opiniones ni los prejuicios.

Porque otro de los grandes peligros de emitir juicios es que se llega a juzgar incluso antes de que las cosas hayan sucedido. El prejuicio es la falsa seguridad de que alguien va a actuar de cierta manera solo por su condición o procedencia.

En nuestro mundo globalizado existen prejuicios sobre el país de origen de una persona, sobre la clase social, la religión o incluso su opción sexual.

Tal como indica la etimología, el prejuicio nos sitúa en la antesala del juicio: emitimos la condena antes de conocer los hechos.

QUE SE ESCONDE TRAS EL HÁBITO DE JUZGAR?

En una sociedad tan intelectualizada como nuestra es difícil vivir al margen de los juicios. Desde pequeños en la escuela ya nos están valorando y calificando. La pregunta sería: ¿qué nos lleva a juzgar de forma enfermiza?

Cada juicio nos ofrece la falsa tranquilidad de que hemos cerrado una puerta, confiere la sensación de que estamos protegidos y en posesión de la verdad. No obstante, si somos capaces de identificar los detonantes del acto de juzgar lograremos disolver esa frontera entre nosotros y el mundo:

Inseguridad. Cuando tememos no estar a la altura de las circunstancias, un juicio rápido nos sirve de muleta. Cimentar lo que opinamos sobre algo o alguien nos libera del esfuerzo que supone comprender lo que es diferente a nosotros.

Complejo de inferioridad. Como muchas personas acomplejadas compensan su baja autoestima con una conducción agresiva, detrás de muchos juicios de conductas ajenas hay el miedo a juzgarse a uno mismo, porque inconscientemente la persona se siente en desventaja.

Furia contenida. El poso de amargura que deja haber sido tratado injustamente, sobre todo en la infancia, hace que reproduzcamos las mismas actitudes que nos hicieron sufrir. Así, una persona que ha tenido un padre excesivamente autoritario se desquita erigiéndose, en la edad adulta, en juez sobre el mundo.

Miopía emocional. La costumbre de mi­rarse el ombligo puede derivar en una incapacidad para entender lo que sucede alrededor. Cuando las personas que nos rodean se convierten en un mundo extraño y amenazador, el juicio se convierte en una barrera protectora.

Rigidez. Los individuos que juzgan por sistema suelen tener dificultades para adaptarse a los cambios. Desde el inmovilismo que promueve actuar como juez, antes prefieren alfombrar el mundo entero que calzarse unos mocasines.

 Artículo de Francesc Miralles (extraído de la publicación CuerpoMente)

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